TOM
-Lo tenéis todo preparado? Seguro que no os dejáis nada?
-Que sí mamá –contestó Bill, mi hermano gemelo.
-Pues venga, todos al coche. –dijo Gordon.
Nos montamos los cuatro en el taxi que nos esperaba hacía 15 minutos y fuimos al aeropuerto de Hamburgo. Una vez allí, cogimos las maletas y nos dirigimos a recepción. Mamá recogió los billetes que teníamos reservados y nos fuimos a dejar las maletas para que las metieran en el avión. Después fuimos a la puerta de salida y nos metimos en el avión.
-Joder Tom! Por qué siempre tienes que ponerte al lado de la ventana? –refunfuñó Bill.
-Y que más te dá? Anda, siéntate y no te enfades o te saldrán más arrugas.
Bill soltó un suspiro forzado y se sentó a mi lado a regañadientes.
-Mamá, como se llamaba la isla a la que vamos? –pregunté mientras desenredaba los cables de los auriculares de mi mp3.
-Canarias.
-Eso! Que nombre más raro…
GRACE
-Abuelo, me voy a bañar!
-De acuerdo bonita, a las 2 comemos, vale?
-Sí!
-Ten cuidado alhaja –dijo mi abuela.
-Sí, no te preocupes, estaré bien. Adiós! –cerré la puerta y me adentré en la playa.
En Agosto siempre me iba a Canarias con mis abuelos. Ellos vivían en una casa que estaba justo en la playa. Ese mes, mis padres siempre se iban de crucero o de viaje y yo me quedaba con mis abuelos. Como iba solo un mes, no tenía amigos. Bueno, los que hacía ya no los volvía a ver. Eran las típicas personas que cada año iban a un sitio diferente de vacaciones, en cambio, yo siempre me quedaba en Madrid y después venía aquí.
Cuando encontré un hueco entre aquella multitud, estiré mi toalla en la arena y me quité la camiseta quedándome con un bikini blanco puesto. Me senté en la toalla y empecé a echarme crema, si me volvía a quemar como la otra vez las iba a pasar canutas. Recuerdo que la última vez que me quemé no podía ni siquiera estirarme en la cama de lo mucho que me escocía la espalda y, también, me llegaba a sacar grandes trozos de piel muerta, suena un poco masoca pero molaba despegarla de los hombros.
Cuando acabé, me tumbé boca abajo y cerré los ojos.
TOM
Cuatro putas horas de viaje que nos chupamos para llegar a la puñetera isla de los cojones. Y, encima, lo único que nos sirvieron en el avión fueron nueces, que por cierto estaban asquerosamente rancias. Para colmo tuve a Bill murmurándome cosas al oído mientras él dormía. Tanto protestar para quedarse dormido a los 5 minutos. Luego, la música no conseguía evadirme, no paraba de rayarme la cabeza con lo del grupo y con la típica pregunta que me hacía cada noche desde que aquel productor se interesó por nosotros, ‘¿Como sería mi vida si fuera famoso?’ y lo más importante ‘¿Realmente quiero serlo?’ Después de tanta reflexión durante tantas noches llegué a la conclusión de que no tenía que ser fácil la vida de un famoso. Eso de estar escondiéndose tras unas gafas de sol cada vez que saliera a la calle y no poder ir a comprar cualquier cosa a cualquier tienda y en cualquier parte del mundo tendría que ser una verdadera mierda. Pero después le veía la parte positiva y, otra vez, comenzaba a rallarme con lo negativo. Estaba claro que ese mundo tenía su parte buena y su parte mala. Y en ese viaje, sin ninguna distracción a mano, lo único que podía hacer era pensar y pensar, algo que no me gustaba mucho. Yo era un chico al que le gustaba tener las ideas claras desde un principio. Pero estaba claro que Bill me había pillado por los huevos cuando me preguntó si me gustaría que fuésemos famosos. Entonces yo tenía ocho años y mi respuesta fue un ‘Sí’, obviamente. Ahora tenía 15 años y lo único que hacía era darle vueltas a todo.
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